Tránsito sereno de Porfirio Díaz

Ocasión propicia para releer una crónica maestra de la literatura mexicana es esta, en la que se cumplen cien años del fallecimiento de Porfirio Díaz, ocurrido el 2 de julio de 1915 en París, Francia.

El autor es Martín Luis Guzmán (1887-1976), pionero junto con Mariano Azuela (1873-1952) de la novela de la Revolución. Su crónica se intitula “Tránsito sereno de Porfirio Díaz” y forma la primera del par contenido en Muertes históricas. La segunda de ellas, no menos genial, lleva el título de “Ineluctable fin de Venustiano Carranza”.

Una y otra fueron editadas por Joaquín Mortiz en 2001, en un volumen que incluye “Febrero de 1913”, del mismo autor, sobre el preludio del cuartelazo de Victoriano Huerta (1845-1916) contra el presidente Francisco I. Madero (1873-1913).

Así principia la crónica ahora comentada: “Por abril o mayo, don Porfirio y Carmelita volvieron a París”. Tras la descripción del ambiente, Martín Luis Guzmán se detiene un momento para hablar de la rutina diaria del presidente derrocado que reanuda su costumbre de las últimas primaveras de pasear por una avenida parisiense en la que se había convertido en una de las imágenes características del sitio:

“Cuantos lo miraban advertían, más que el porte de distinción, el aire de dominio de aquel anciano que llevaba el bastón, no para apoyarse, sino para parecer más erguido”.

El texto, conmovedor en muchos aspectos, lo mismo puede interesar a quienes simpaticen con el hombre que condujo al país durante tres décadas con mano férrea y evidente eficacia y talento político, que a quienes lo desprecian y aun llegan a llamarlo, como lo hizo José Vasconcelos (1882-1959), “el honradote ese de nuestra historia”, como si esa característica fuera su única virtud.

Admira en todo momento la empatía mostrada por Martín Luis Guzmán, revolucionario y por tanto contrario al exdictador; incluso se diría que siente cierta simpatía y aun ternura por el anciano rodeado de familiares, cariñoso con los nietos y sacudido por la nostalgia de México, su natal Oaxaca y la Noria. “¿Qué noticias hay de Oaxaca? Otros años, por esta época, la caña de la Noria ya estaba así”. Y levantaba la mano para indicarlo a Carmelita, su esposa. En esta hacienda o en Oaxaca, aseguraba, le gustaría ir a morir y descansar.

En sus últimos momentos, don Porfirio balbuceaba, casi inaudiblemente, los nombre de Oaxaca, la Noria y   Nicolasa. “Mi madre me espera”, susurraba.

En el penúltimo párrafo de su crónica, Martín Luis Guzmán recuerda:

“Rugía en México la lucha entre Venustiano Carranza y Francisco Villa”.

Al final, consigna la fecha en que publicó estos recuerdos: Septiembre de 1938.

José Alfredo Páramo

                                    Unknown

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